ALBA y ALCA: el dilema de la integración o la anexión
Osvaldo Martínez, Rebelión
9 de septiembre de 2006
La integración
de América Latina ha hecho correr ríos de tinta e interminables torrentes de
retórica, pero sigue siendo el gran tema estratégico pendiente.
Esa
integración posee un fuerte cimiento histórico en las visiones de Bolívar y
Martí. El primero llamó a la unidad política de los recién liberados pedazos
del Imperio Español, intentó darle forma a esa unidad política convocando al
Congreso Anfictiónico de Panamá y enfrentó la oposición de los recién nacidos
Estados Unidos, a los que --con profunda y precoz visión-- señaló como los
futuros responsables de “plagar a la América de miserias, en nombre de la libertad”.
Martí
conoció de modo directo, por vivir un largo período en Nueva York, el
surgimiento del imperialismo, y con una penetración sorprendente urgió a los
pueblos de la “América Nuestra” a unirse para resistir el dominio y la
expansión de la naciente potencia imperialista.
En ambas
figuras cumbres de la formación de lo que después llamaríamos América Latina,
hay una percepción esencial: los países al sur del río Bravo forman parte de un
conjunto cuya realización como pueblos no puede alcanzarse más que como
conjunto integrado y haciendo resistencia al imperialismo que desde el norte,
ve al resto de la América como el patio trasero de su propiedad.
Los
reclamos de Bolívar y Martí tenían y tienen sólidas razones, pues los
argumentos favorables a la integración son abundantes.
América
Latina ha sido estructurada por los procesos coloniales español y portugués los
que, no siendo exactamente iguales, comparten similitudes mayores entre ellos
que los existentes entre los modelos coloniales inglés, francés, hola ndés,
alemán, belga. Finalizada la gesta de la independencia, el dominio colonial fue
sustituido por el dominio neocolonial ejercido por imperios europeos con la
intromisión creciente de Estados Unidos, y en tiempos más cercanos por los
imperialismos británico y estadounidense, con preponderancia progresiva de este
último.
Como
herencia positiva de ese pasado colonial, la América Latina posee una riqueza
única en tanto potencial para la integración.
Se trata
de la posibilidad de comunicación directa entre los pueblos hispano parlantes y
luso parlantes, lo que permite a más de 500 millones de personas entenderse,
hablando unos español y otros el portugués ya muy brasileño que se habla en
Brasil.
Con
relación al África, dividida en cuanto a la lengua y no pocas veces
incomunicada, al Asia que presenta una situación similar e incluso a Europa,
allí donde más ha avanzado la integración, pero donde la Unión Europea tiene
que hacer traducciones a más de 10 lenguas diferentes, los latinoamericanos
disfrutamos de mayores posibilidades de comunicación.
La América
Latina, aun sin pretender un romántico y falso homologuismo entre sus naciones
y pueblos, muestra unas condiciones para la integración que en teoría, son
superiores a las de cualquier otra región del planeta.
Al pasado
colonial que formó una estructura socioeconómica relativamente común, a la
posterior acción modeladora imperialista que forjó relaciones de dependencia y
explotación similares, le suma América Latina esa singular posibilidad de la
comunicación directa entre los pueblos de habla española y portuguesa.
Y a todo
eso, que no es poco, le agregamos ahora lo que en tiempos de esta globalización
, que en rigor debiera ser llamada neoimperialismo, es ya un hecho establecido:
la integración en la época de los grandes bloques económicos de países
desarrollados (Unión Europea, Estados Unidos-Canadá, Japón-NIC`s) es para los
países subdesarrollados mucho más que aprovechar economías de escala o
beneficiarse de un mercado ampliado. Es
condición de desarrollo y aun más de supervivencia en los tiempos de los
grandes espacios económicos y de la lucha por la hegemonía imperialista.
La
integración de la “América Nuestra” para hacer realidad el desarrollo de sus
pueblos y para derrotar el dominio de la América que no es nuestra, tiene hoy
al menos tanta vigencia como en los tiempos en que Martí asistió a las
reuniones en Washington de la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de
América. Entonces el naciente imperialismo norteamericano pretendió establecer
una moneda común de plata para las transacciones en la América. Ahora prete nde
con el ALCA y los Tratados de Libre Comercio consolidar y extender su hegemonía
sobre la región.
Pero, la
distancia entre el potencial de la integración y su anémica realidad, es
enorme.
Si
pensamos en las distancias entre la posible América Latina integrada económica
y políticamente, haciendo valer su riqueza económica, cultural, intelectual;
haciendo escuchar su voz unida, y la América Latina todavía entrampada en la
OEA, con algunos gobiernos compitiendo por ganar la sede del ALCA y
entusiasmados con ingresar a ese proyecto, tendremos que reconocer lo poco que
se ha avanzado hacia la integración.
El corto
camino recorrido tiene muchas instituciones o estructuras creadas para
propósitos declarados de representación, coordinación o integración regional o
subregional, pero la acumulación de siglas aludiendo a instituciones no expresa
profundidad ni eficac ia en la integración, sino más bien refleja su
inoperancia y la acumulación de proyectos fallidos.
En
términos políticos la América Latina sigue careciendo de un verdadero mecanismo
de concertación latinoamericano y caribeño. No lo puede ser la desprestigiada
OEA ni las Cumbres Iberoamericanas, ni agrupaciones subregionales o de
conformación coyuntural como el Grupo de Río, u otras instancias a nivel
centroamericano o caribeño. La Comunidad Sudamericana de Naciones y la
Comunidad Andina son buenos proyectos en el papel, pero no representan a toda
la región y su verdadero significado dependerá de las tendencias políticas que
predominen hacia adelante en sus gobiernos.
Aunque la
existencia de instituciones no determina el curso de la realidad ni asegura
integración efectiva, es significativo que América Latina no tenga siquiera
algo parecido a la Organización de la Unidad Africana.
La región
--como expresión de fragmentación política-- no ha logrado trascender el
escenario de instituciones diseñadas para reunirse en Washington y transmitir
las directivas del amo (OEA), para reunirse con las antiguas metrópolis
coloniales que ahora actúan como asociados menores de Estados Unidos (Cumbres
Iberoamericanas) o para reunirse en grupos subregionales a veces capaces de
asumir posiciones valiosas (CARICOM, Grupo de Río, Asociación de Estados del
Caribe), a veces capaces de producir lamentables resultados (Centroamérica) y a
veces como desafortunada expresión de un buen proyecto que vive en la agonía
por la falta de apoyo de no pocos gobiernos (SELA).
La
fragmentación política aludida, ha conducido a que la integración regional sea
entendida con preferencia como integración económica y es por eso frecuente que
se presente al proceso de integración regional como la descri pción y el relato
de los avatares de los esquemas de integración económica iniciados a comienzo
de los años 60 bajo la influencia intelectual del desarrollismo cepalino, de
las urgencia y temores catalizados por la Revolución Cubana y del despegue de
la integración europea.
Esos
esquemas de integración económica tienen vidas ya relativamente largas y todos
--con las obvias diferencias individuales-- son intentos subdesarrollados de
integrar países subdesarrollados.
Ha
fracasado la integración que podríamos llamar cepalina por corresponder a la
época del “desarrollo hacia adentro”, la sustitución de importaciones y el
aliento de una industrialización lidereada por una burguesía industrializante,
modernizadora y que la CEPAL creía capaz de ser “nacional”, en tanto portadora
de intereses desarrollistas que la harían capaz de defender sus mercados
nacionales frente a la obvia tendencia a la hegemonía del capital extranjero.
Ha
fracasado también --con fracaso aún más sonado-- la integración que podríamos
llamar neoliberal por corresponder a la época en que el neoliberalismo se hace
dominante y convierte a la integración en cáscara encubridora de un gran vacío
y a la retórica integracionista en parloteo para encubrir la creciente
desintegración.
El fracaso
de la integración cepalina es el fracaso del modelo cepalino de desarrollo
hacia adentro. En aquel modelo la integración fue un desarrollo intelectual
lógico, que fue planteado cuando se empezó a constatar que la
industrialización, el desarrollo hacia adentro y la incorporación de “los
frutos del progreso técnico” se asfixiaban dentro de los estrechos mercados
nacionales y era evidente que la ampliación del mercado a escala regional era
determinante para aspirar a los necesarios niveles de producción y productiv
idad.
Pero el
modelo, y el tipo de integración correspondiente a él, fracasaron. Las razones
y el debate en torno a este problema, han ocupado y ocuparán muchos miles de
páginas. No pretendo más que apuntar las razones que creo explican el fracaso,
sin desconocer los méritos del pensamiento cepalino durante aquella “edad de
oro” de esta institución; cuando fue capaz de estructurar una interpretación y
una propuesta originales que se irían perdiendo.
La primera
razón del fracaso no está en las economías de escala, en las técnicas y
procedimientos para la rebaja arancelaria o en cualquier otro aspecto de
técnica económica y tampoco está en la economía “pura”, si es que ésta existe
de algún modo.
Esa razón
se encuentra en esa zona donde la economía se amalgama con la política, la
sociología, la historia y la cultura para explicar el fraca so de la burguesía
industrializante que para la CEPAL era el principal actor social que debía
hacer cambios estructurales internos imprescindibles (reforma agraria para
quebrar el latifundio y la acción del regresivo binomio latifundio-minifundio,
redistribución del ingreso, sin lo cual el mercado interno seguiría siendo
estrecho), disponerse a resistir con firmeza la penetración y dominio de las
transnacionales en defensa de sus mercados nacionales y de su mercado regional
y por tanto, disponerse a enfrentar a los gobiernos de Estados Unidos, sin lo
cual es impensable alguna política de desarrollo autónoma en esta región.
Como
balance regional, y sin olvidar que cada historia nacional es específica y
nunca exacta a otras, la burguesía industrializante soñada por CEPAL fracasó en
su papel como estrella del reparto. Demostró ser más transnacionalizada que
nacional y por lo general, aceptó la hegemonía norteamericana y el actuar c omo
administradores de la dependencia y empleados de alto nivel de filiales de
transnacionales, antes que ser los burgueses “nacionales”, plantados en defensa
de sus mercados, empresas y proyectos propios.
El error
de la CEPAL no consistió en una mala concepción del modelo en cuanto a la
lógica de su funcionamiento a partir de concederle a la burguesía
industrializante todos los atributos con que la idealizó. Aquella lógica era
correcta para reproducir con atraso en América Latina procesos clásicos de
desarrollo capitalista ocurridos en Europa y Estados Unidos. Pero ya entonces
la burguesía industrializante o era demasiado débil, o era demasiado
dependiente y sometida, o temía demasiado a las revoluciones populares después
del triunfo de la Revolución Cubana, o tenía todo lo anterior mezclado; y no
fue más allá de ser administradora de la dependencia más que dirigentes de un
desarrollo capitalista autónomo.
Más que el
fracaso del modelo cepalino, lo que ocurrió fue el fracaso del desarrollo
capitalista autónomo de América Latina.
No se
hicieron las transformaciones estructurales internas y no fue sorpresa que la
integración fuera entonces de los capitales y no de los pueblos. Y ni siquiera
de capitales nacionales, sino la integración de capitales transnacionales que
han sido los reales diseñadores de los esquemas existentes.
Las
reformas agrarias o no se hicieron en absoluto (Brasil) o fueron hechas
reformas blandas o peor aún, fueron sustituidas por subterfugios como la
colonización, administración de tierras o “desarrollo del mercado de tierras”
de los tiempos neoliberales.
Como el
pobrerío latinoamericano nunca fue considerado más que como acompañante y
receptor pasivo de un modelo dirigido por sus burgueses y oligarcas, entonces
la integración nunca fue una causa popular ni conectó con las luchas y
aspiraciones de los pueblos. Permaneció
como uno más de los temas tecnocráticos reservados al manejo de expertos en
remotas reuniones internacionales y materia prima para discursos de salón.
Cuando el neoliberalismo irrumpe y se hace dominante en
la región, la integración se había quedado lejos de su realización, pero tal
como el “desarrollo hacia adentro” logró algunos aciertos parciales, ella había
alcanzado algunos pequeños avances en forma de intentos de complementación
productiva mediante programas multinacionales como los metal-mecánico y automotriz
en el Pacto Andino, o los intentos de regulación del capital extranjero con la
Decisión 24 de dicho Pacto, en coincidencia no casual con los momentos de mayor
proyección popular y autonomía frente a Estados Unidos en los gobiernos de
Allende en Chile y Velasco Alvarado en Perú.
El CARICOM
intentaba avanzar en muy difíciles condiciones dadas por la pequeñez de las
economías y las huellas muy visibles de la relación dependiente con las viejas
metrópolis europeas y la nueva metrópoli norteamericana.
A partir
de 1982 con el estallido de la crisis de la deuda externa y la caída en masa
hacia el neoliberalismo, el escenario sería otro. El ciclo neoliberal vació el
escaso contenido de la integración regional y bajo los nombres de los esquemas
de integración que se conservaron, abrió paso a la desintegración.
Es curioso
recordar lo que algunos dijeron al observar que bajo el “ajuste estructural”
fondomonetarista, los países que en él caían, de inmediato hacían y decían lo
mismo, con una homogeneidad que era lo contrario de la “heterogeneidad” tan
invocada por la CEPAL como obstáculo para la integración en los tiempos idos.
Esa
homogeneidad en discurso y acciones neoliberales hizo exclamar a algunos con
regocijo ingenuo en algún caso y cínico en muchos, que había llegado la buena
hora para la integración regional, pues había terminado la heterogeneidad en
cuanto a política y estrategia de desarrollo. Ahora todos los gobiernos decían,
hacían y deseaban lo mismo.
La CEPAL
arrió sus banderas del “desarrollo hacia adentro” y adoptó el eclecticismo
imposible entre el modelo cepalino de Prebish --surgido en condiciones de
guerra con el pensamiento económico liberal de los años 40 y 50--, y el
neoliberalismo de los Chicago boys y el FMI. El resultado fue un híbrido que planteó
una retirada de la herencia clásica cepalina, queriendo hacerla pasar como otra
expresión de pensamiento original. Fue el “regionalismo abierto” que, bajo la
acción modeladora real de la política neoliberal, las privatizaciones masivas y
la capitulación ante las transnacionales, mostró ser muy abierto y muy poco
regionalista.
Desde la
época cepalina y aún más con el ciclo neoliberal, la integración fue entendida
en lo esencial, como comercio intralatinoamericano y sus avances fueron medidos
por el crecimiento del comercio intraregional. Este modo de entender y medir el
avance de la integración refleja su debilidad al menos en tres aspectos.
La
integración no puede reducirse al puro y simple comercio porque éste –-sin
mecanismos reguladores que compensen la tendencia al intercambio desigual entre
partes de mayor y menor desarrollo-- no hace más que reproducir y ampliar el
esquema de producción, productividad y dominio comercial del cual parte.
En la
medida en que el comercio sea más respetuoso de la pretendida pureza de la ley
del valor como lo quieren los neoliberales, en esa medida fortalecerá a los
fuertes y debilitará a los débiles, o en otras palabras, actuará como un agente
desintegrador.
Por otra
parte, las estadísticas sobre el comercio intraregional son engañosas, porque
no dicen quiénes son los agentes económicos protagonistas de ese comercio. Es
una verdad bien establecida que al menos 2/3 del comercio mundial actual no es
más que comercio intrafiliales de empresas transnacionales (Oxfam, 2002). Estas
filiales se “compran” y se “venden” entre ellas para evadir impuestos, como
parte del funcionamiento global de mega empresas que de ese modo, hacen una
especie de caricatura de comercio internacional que no es otra cosa que
comercio cautivo dentro de la empresa y movido por el interés de lucro de ella,
pero que aparece en las estadísticas como exportaciones de países soberanos.
¿Cuánto de ese comercio intralatinoamericano no es más que “comercio” entre
filiales radicadas al amparo de pr ivatizaciones y concesiones?.
Las
transnacionales superponen sobre el espacio económico regional sus estrategias
de concentración o desconcentración de producción, de mercado, de crecimiento,
con una lógica global de competencia entre grandes consorcios privados. Esa lógica
es diferente a la del proceso de integración regional sobre el cual actúa, y es
también indiferente a las necesidades de ese proceso, el cual no es más que un
dato a considerar entre muchos otros en una estrategia global de maximización
de ganancia.
Esa lógica
globalizada puede coincidir de modo coyuntural y momentáneo con el crecimiento
del comercio dentro de un esquema de integración.
“Eventualmente,
por razones de intereses de la regionalización de las empresas transnacionales,
se producen espacios de competencia que permiten la exportación de manufacturas
( Fajnzylber, 1970 y Fajnzylber y Tarragó 1976). Más recientemente, la
industria automotriz sufrió un proceso de reagrupamiento y modernización en las
empresas de ensamblaje, que alimentó la expansión del comercio de manufacturas
intrabloque Mercosur. Esto constituye un buen ejemplo de cómo estas empresas
globalizadas reestructuran espacialmente su proceso de producción y de cómo el
aumento del comercio en realidad representa, en su mayor parte, un aumento de
las transacciones intraempresas, con incremento del coeficiente importado, bajo
valor agregado y bajo nivel de empleo por unidad de producto”.[1]
Por
último, en lo cuantitativo la realidad es pobre.
Después de
un crecimiento inicial en la déc ada de los 60, el comercio intraregional se
mantuvo más de 20 años moviéndose en torno al 13% del comercio total regional
(Tavares-Gomes, 1998). En 1997 llegó a alcanzar el
21,1%, pero en el 2003 había retrocedido hasta el 16%.[2]
Más de 40 años de intentos integracionistas no habían
podido hacer avanzar el comercio intraregional --entendido como medidor central
de la integración-- más allá del 16% del comercio total. Sin olvidar que
México, una de las economías mayores y la más absorbida por Estados Unidos,
hace con su socio mayor en el TLCAN el 88% de su comercio y con América Latina
apenas el 5%.
La
desintegración como proceso real, aunque conservando los nombres de los viejos
esquemas de integraci ón e incluso agregando otros como el Mercosur, ha sido la
tónica del ciclo neoliberal.
En él se
aplicó con rigor dogmático aquello de que el mercado lo resuelve todo de la
mejor manera posible y en línea con eso, se pusieron en práctica tres ámbitos
de política que resultaron fatales para la integración.
Uno de
ellos fue la concepción del comercio como carrera competitiva por exportar
hacia Estados Unidos y Europa, lo que fue en los hechos la llamada inserción de
América Latina en la economía mundial. Economías latinoamericanas con
estructuras similares de exportación no hicieron otra cosa que una competencia
suicida por exportar hacia aquellos mercados extrarregionales, mientras que los
mercados nacionales y el mercado regional, minimizados aún más por la creciente
pobreza y exclusión que el neoliberalismo desató, se convirtieron en
subproductos marginales carentes de atractivo.
Otro paso
desintegrador fue el abandono del trato preferencial a los países de menor
desarrollo.
Este trato
preferencial es tan necesario como fácil de entender, si asumimos que ningún
grupo de países puede hacer una integración efectiva entre ellos reproduciendo
o ampliando las diferencias de desarrollo y concentrando los beneficios de la
integración en los más fuertes.
Esta
verdad elemental la entendió la integración europea, la que nunca renunció a
mantener esquemas de intercambio desigual y de explotación neocolonial con sus
antiguas colonias tercermundistas, pero que le concedió sustancial trato
preferencial a España y Portugal, porque no habría integración europea con la
continuidad del atraso en esos países situados dentro del espacio a integrar.
Esa verdad
elemental fue ignorada por el rigor dogmático neoliberal en América Latina. El
trato preferencial es, para este neoliberalismo de manual, mucho más que una
anomalía. Es una herejía que atenta contra el dogma del mercado perfecto. Así
como la pobreza personal no es un fallo del sistema, sino un fracaso individual
derivado de la ineptitud para abrirse paso en el mercado, la pobreza de un país
también lo es, por lo que otorgarle trato preferencial sería negar el dictamen
del mercado y premiar la ineptitud.
El trato
preferencial es rechazado como principio general de política y repudiado como
corrección de fallas del sistema o compensación por la explotación colonial.
Aniquilado como principio general de política y ni siquiera reconocido como
necesidad para que la integración funcione, el trato preferencial queda
desnaturalizado y reducido a la limosna de caridad con nombre de ayuda
humanitaria.
El efecto
para la integración regional de este dogmatismo de mercado ha sido devastador,
aunque con innegable coherencia han actuado tanto el FMI --aplicando iguales
programas de “ajuste estructural” a países tan diferentes como Brasil y
Haití--, como el ALCA al proponer iguales disciplinas para la inversión, las
compras gubernamentales, la política de competencia, el régimen de propiedad
intelectual, la apertura comercial a esos países y admitir tan solo plazos algo
diferentes para hacer lo mismo.
El tercer
golpe mortal a la integración fue la privatización masiva de empresas públicas
mediante una fiebre privatizadora que abarcó unos 4 000 activos de propiedad
pública y propició tal marea de corrupción y enriquecimiento ilícito que
América Latina compite con fuerza por el campeonato mundial en presidentes
presos y sometidos a tribunales por democráticos robos de fondos públicos.
El
significado de l a privatización de las empresas y la exaltación de lo privado
a una suerte de mitología de super eficiencia y fuerza generadora de riqueza,
fue despojar a los estados de la capacidad para hacer política económica, para
regular con medios propios el funcionamiento de la economía, para ofrecer al
conjunto social los servicios públicos básicos.
El ciclo
neoliberal ha sido en lo tocante a la integración el de la ruptura de los
modestos lazos intraregionales y el avance acelerado de otro tipo de
integración: la que tiene lugar con las transnacionales, en especial con el
capital especulativo que se aprovecha de la liberalización financiera; pero
también con aquellos interesados en controlar aún más los mercados nacionales,
en obtener concesiones absolutas para asegurar su inversión, en apoderarse de
las compras gubernamentales, en saquear la riqueza regional de biodiversidad,
en controlar el petróleo, el gas, el agua.
El avance
de esa integración con las transnacionales, con la liberalización financiera y
comercial, equivale a una integración hacia afuera y una desintegración hacia
adentro. Continuar avanzando por ese camino tiene ya señalado un destino de
llegada. Es el ALCA, que representa la integración con Estados Unidos en
calidad de apéndice subordinado. Es el abandono de cualquier proyecto de
integración regional propio para aceptar la función de coristas.
El ALCA
pretende ser el broche que cierre la cadena neoliberal que durante tres décadas
se ha forjado en la región, y convertir la política neoliberal del “libre
comercio” en un compromiso jurídico de los estados, para hacer imposible su
abandono.
Si el ALCA
se convirtiera en realidad --lo cual parece imposible si se mantiene con máxima
intensidad la lucha contra ese proyecto imperialista-- la integración d e
América Latina consigo misma quedaría clausurada. La política neoliberal y el
ALCA como su culminación jurídica, demuestran que una integración modelada por
el mercado de las transnacionales y la liberalización, no conduce más que a la
anexión con Estados Unidos.
Fracasó la
integración cepalina y fracasó la integración neoliberal, pero la integración
es más que nunca asunto vital para la región devastada por tres décadas de
“apertura y libre comercio”.
La
reflexión sobre el fracaso no puede quedarse en el inventario de errores. No se
trata de extender el certificado de defunción después de una minuciosa autopsia
del cadáver que establezca las causas de la muerte.
La
integración regional no es cadáver porque hay lucha y resistencia contra el
ALCA, porque el terreno para esa resistencia está fertilizado por la
explotación y la deuda so cial acumuladas. Y porque existe un nuevo proyecto de
integración diferente y distante de cualquier esquema anterior: la Alternativa
Bolivariana para las Américas (ALBA).
La idea de
una integración diferente a esa que en las últimas cuatro décadas se le ha
llamado así; la integración pensada en los términos de Bolívar y Martí,
rescatando la sustancia olvidada y silenciada; la integración de los pueblos y
no de los capitales; en suma, la verdadera integración convocada tanto por la
historia, por la cultura como por la necesidad de sobrevivir y alcanzar el
desarrollo, fue planteada por el Presidente Hugo Chávez en la Cumbre de la
Asociación de Estados del Caribe efectuada en Isla Margarita, Venezuela en
2001.
¿Cuáles
son las lecciones que pueden aprenderse del fracaso de aquella integración, que
toma el ALBA para convocar de nuevo a los latinoamericanos y caribeños a
integrarnos?
< p class="MsoNormal" />
1) La
primera sería que para hacer la integración regional, ésta no puede ser con
Estados Unidos (ALCA), ni tampoco pretendiendo una falsa no mención del
gobierno de ese país. El gobierno y las transnacionales de Estados Unidos
tienen su proyecto para integrar a la región como área de segura explotación
financiera y comercial y abastecedora de petróleo, gas, agua, biodiversidad y
enclave de bases militares. El ALCA y el ALBA tienen lógicas no sólo
diferentes, sino excluyentes. La posición respecto al ALCA y su otra cara, esto
es, los Tratados Bilaterales o Plurilaterales de Libre Comercio, es una línea divisoria
entre la integración de los pueblos y la integración de los capitales.
|
No es
concebible participar en el ALBA y al mismo tiempo entrar en el CAFTA o en un
Tratado Bilateral de Libre Comercio que equivale a un ALCA a la medida. La
integración no se hará con Estados Unidos ni tampoco con la neutralidad de su
gobierno, sino haciendo respetar el ALBA en la lucha contra la hegemonía. |
2) La
integración no será dirigida por las oligarquías de la región. Si éstas
fracasaron en desempeñar el papel estelar que la CEPAL les adjudicó en los
primeros intentos integracionistas en las décadas de los años 60 y 70, cuando
se asumía la existencia de burguesías industrializantes, en especial, en países
grandes y medianos; ya no quedan más que restos de aquellas, después que el
neoliberalismo arrasó con buena parte de la industria nacional y estableció
oligarquías, ahora estructuradas en torno a la liberalización y especulación
financiera, constituidas por empleados bien pagados de filiales de las finanzas
transnacionales, comerciantes vinculados a la importación o a los servicios
destinados al estrecho sector capaz de consumir de modo tan dispendioso como en
Nueva York, París o Londres.
Esas
oligarquías transnacionalizadas y cautivas en el discurso del libre comercio y
la democracia formal, no pueden dirigir más que la fuga de sus capitales y la
oposición --telegrafiada desde Washington-- a cualquier gobierno o movimiento
popular que levante la cabeza en la región.
3) La
integración no puede reducirse al comercio, ni medir sus avances por el cr
ecimiento del intercambio comercial, ni éste puede encerrarse entre las rejas
del llamado “libre comercio”.
No se
trata de abolir el comercio, sino de reconocer que el proceso de integración es
mucho más que hacer comercio y que incluso, no puede contentarse la integración
verdadera con cualquier clase de comercio. El “libre comercio del ALCA, de los
Tratados de Libre Comercio, de la OMC, no es más que la añeja fórmula de
reclamar libertad de comercio por aquellos países que tienen mayor desarrollo y
control oligopólico del mismo, para penetrar mercados de países de menor
desarrollo y obtener, para su beneficio, el intercambio desigual.
Ese
intercambio desigual que se aplica de modo habitual en las relaciones entre
países desarrollados y subdesarrollados, puede funcionar también entre
diferentes grados de subdesarrollo en perjuicio de los más pobres entre los
pobres, si se permite q ue sea el mercado sin regulación quien decida el curso
del intercambio.
La
glorificación del “libre comercio” --que no ha existido en estado puro más que
en las elegantes abstracciones del liberalismo--, y la consecuente demonización
del proteccionismo y del “comercio administrado”, son expresiones de aquellos
que se encuentran en el polo agradable del intercambio desigual.
Para los
que se encuentran en el campo de los perdedores, el comercio es un instrumento
imprescindible, que debe ser estimulado, aunque siempre sometido a los
objetivos de desarrollo de la integración, lo que implica compensar a los más
débiles con fórmulas que pueden ser precios preferenciales, comercio de trueque
u otros, al tiempo que se eliminan, con mucha más velocidad que en los esquemas
tradicionales de integración, las barreras arancelarias y no arancelarias y los
obstáculos técnicos al comercio.
El ALBA ha
iniciado su vida con la Declaración Conjunta y el Acuerdo para su aplicación
firmados en La Habana por los Presidentes de Venezuela y Cuba el 14 de
diciembre de 2004. En esos documentos se refleja la concepción del intercambio
comercial como instrumento (no un fin en si mismo) al servicio de la
integración. La venta de petróleo venezolano a Cuba en los términos
concesionales del Acuerdo de Caracas, la compra por Cuba de exportaciones no
petroleras venezolanas por 412 millones de dólares sólo en 2005, el
establecimiento de un precio mínimo garantizado por Cuba al barril de petróleo
exportado por Venezuela, con independencia de que el precio de mercado mundial
pueda caer por debajo de él, son expresiones reales de este nuevo tipo de
integración.
4) El
proceso de integración tampoco puede reducirse a la economía, aunque sea una
verdad obvia que la economía no puede des cuidarse nunca y que sin ella la
integración carecería de sustento.
El proceso
de integración debe tocar con la mayor velocidad allí donde el déficit es mayor
y comenzar a aliviar los males sociales. Lo “social” no puede quedar para
después de lo económico. Con los recursos disponibles debe desplegarse el
máximo esfuerzo por reducir la deuda social.
Los
esquemas integracionistas tradicionales han sido en extremo economicistas. Esto
se acentuó mucho más con la llegada del ciclo neoliberal y su esencial desdén
por lo social, aunque la triste catástrofe de la pobreza, la educación, la
salud, la seguridad social, el empleo, han forzado en años recientes a los
neoliberales a entonar el discurso “social”, y a pretender combatir con
conceptos “focalizados” los inevitables resultados de la política económica que
siguen aplicando. Es la posición de aquellos que entienden la política social
como la ambulancia que r ecoge los muertos y heridos que provoca la política
económica.
La deuda
social que pesa sobre la región es de tal magnitud que la integración --para
tener significado real sobre la vida de vastas porciones de la población de la
región-- no puede dejar para después las acciones para reducirla.
Curar
enfermos que nunca tuvieron atención de salud, alfabetizar a los analfabetos,
proveer educación desde el nivel primario hasta la enseñanza superior a los que
no pudieron acceder a ella, es comenzar a atacar en su base misma la exclusión
social y a integrar a la vida a muchos millones de humanos para los que
entonces, la integración latinoamericana tendría un imborrable significado
concreto.
Esto
equivale a sembrar la integración en los sentimientos y en las vivencias, con
raíces afianzadas en la atención a las carencias más lacerantes.
La
colaboración entre Cuba y Venezuela --que es la Alternativa Bolivariana para
las Américas (ALBA) en acción-- muestra ya planes en marcha que reflejan un
modo diferente de concebir la integración.
Los días
27 y 28 de abril de 2005 se reunieron en La Habana, las delegaciones de Cuba y
Venezuela y aprobaron el Plan Estratégico para la aplicación del ALBA. De este documento se puede extraer:[3]
· “Inaugurar en el presente año en Venezuela, 600 Centros
de Diagnóstico Integral; 600 Salas de Rehabilitación y Fisioterapia y 35
Centros de Alta Tecnología que brindarán servicios gratuitos de salud, de
elevado nivel profesional a toda la población v enezolana.
· Formación en Venezuela de 40 mil médicos y 5 mil
especialistas en Tecnología de la Salud, dentro del Programa Barrio Adentro II.
·
Formación en Cuba de 10 mil bachilleres egresados de la Misión Ribas en la carrera
de Medicina y Enfermería, que estarán distribuidos por todos los policlínicos y
hospitales del país, los que tendrán como residencia hogares de familias
cubanas.
· Cuba
continuará su contribución al desarrollo del Plan Barrio Adentro I y II,
mediante el cual hasta 30 mil médicos cubanos y otros trabajadores de la salud
a lo largo y ancho de la geografía venezolana estarán prestando sus servicios a
fines del segundo semestre de este año.
· Serán
intervenidos quirúrgicamente este año en Cuba por distintas afectaciones de la
visión 100 mil venezolanos. Para ello, se han creado todas las condiciones en
los cent ros de atención hospitalaria con los medios más modernos y
sofisticados existentes y condiciones de vida para su estancia confortable.
Así mismo,
Cuba mantendrá su apoyo para contribuir al éxito de los Programas Especiales
Bolivarianos, entre ellos a:
· La
Misión Robinson I, mediante la cual próximamente Venezuela se declarará como el
segundo territorio libre de analfabetismo en América, habiendo enseñado a leer
y escribir a un millón cuatrocientos seis mil venezolanos.
· La
Misión Robinson II en la que se encuentran estudiando un millón doscientos
sesenta y dos mil venezolanos para alcanzar el sexto grado.
· La
Misión Ribas, que forma bachilleres para darle acceso a los estudios
universitarios a jóvenes venezolanos a los que la Revolución Bolivariana les
brinda esa oportunidad. Al respecto se pr omoverá el cumplimiento del Plan de
Becas que Cuba ofrece.
· La
Misión Sucre para la universalización de la enseñanza superior.
· La
Misión Vuelvan Caras para la formación de obreros especializados y darles
acceso a las nuevas fuentes de empleo.
En
adición, ambos países trabajarán en el diseño de un proyecto continental para
eliminar el analfabetismo en América Latina.
Se
mantendrá la atención en Cuba de pacientes venezolanos. Estos alcanzaron al
cierre del 2004 un nivel de 7 793 pacientes con 6 567 acompañantes, a los que
se les prestó servicios altamente especializados, entre ellos cirugía
cardiovascular, oftalmología, ortopedia, trasplante de órganos y este año se
programa que alcance la cifra de 3 000 pacientes y 2 500 acompañantes”.
5) En un
orde n mundial donde el petróleo sigue siendo su base energética, disponer en
la región de abastecimiento de petróleo y sus derivados con sentido de
cooperación y solidaridad es un ingrediente estratégico para la integración
regional.
El
petróleo se hace más caro no sólo por maniobras especulativas e insuficiente
capacidad de refinación, sino por la más determinante razón de que comienza a
agotarse en la realidad el recurso que tantas veces en teoría se insistió en
que era agotable. El voraz y despilfarrador consumo de Estados Unidos y otras
sociedades de consumo impone un ritmo imposible de alcanzar por el descubrimiento
de nuevos yacimientos.
Que
Venezuela sea uno de los mayores productores y exportadores mundiales de
petróleo, que posea una de las mayores reservas probadas y que ese recurso esté
del lado de una Revolución popular antiimperialista, es un suceso extraordinario
y la mejo r noticia para los pueblos de la región.
Al
abastecimiento de petróleo a Cuba y otros países del Caribe y Centroamérica por
medio del Acuerdo de Caracas (2001) hay que agregar la venta de combustible
venezolano a la Argentina en momentos de crisis energética para este país y
pagando el combustible con productos argentinos, la construcción de una
refinería en Pernambuco con inversión venezolana para abastecer al norte del
Brasil a precios más baratos que los aplicados por los intermediarios.[4]
En lo más
reciente, (29 de junio de 2005) el gobierno de Venezuela ha hecho realidad el
Acuerdo de Cooperación Energética con los países del Caribe agrupados en el
CARICOM, por el cual se ha creado Petroca ribe.
Se trata
de una singular muestra de solidaridad y cooperación con este grupo de pequeños
países que padecen con intensidad el embate de los altos precios del petróleo.
Estos
países caribeños enfrentan además la pequeñez de sus economías, la herencia
colonial, las prácticas neocoloniales que dañan sus ingresos por turismo con el
turismo de cruceros, que disminuyen sus ingresos por exportaciones
tradicionales de azúcar y bananos a mercados de Europa y Estados Unidos. Para
ellos el alto precio del petróleo les agrava su situación y es aún peor, por el
control en muchos casos de la refinación, el almacenaje, el transporte y la
distribución por empresas extranjeras y la actuación de intermediarios que
encarecen las operaciones. El abastecimiento energético a pequeños países,
muchos de ellos insulares, que consumen pequeñas cantidades de toda la gama de
productos del petróleo, requi ere una atención especializada que incluye
transporte marítimo específico para este tipo de operaciones.
Petrocaribe
es un ejemplo de trato especial y diferenciado hacia países de menor
desarrollo.
Es una
organización para asegurar la coordinación de las políticas de energía,
incluyendo el petróleo y sus derivados, gas, electricidad, uso eficiente de la
misma, cooperación tecnológica, desarrollo de infraestructura energética, así
como el aprovechamiento de fuentes alternas, tales como la energía eólica,
solar y otras.
Para hacer
funcionar a Petrocaribe se crea en PDVSA una filial para la actuación
específica en el Caribe, llamada PDV Caribe.
Petrocaribe
significa para los países beneficiarios:
·
Abastecimiento de petróleo y sus derivados prescindie ndo de intermediarios,
pagando el flete de transporte al costo y con facilidades de pago y
financiamiento a largo plazo, lo que incluye el financiamiento de 25% de la
factura si el precio del petróleo es de 30 dólares por barril. Si es de 40 por
barril el financiamiento sería del 30%. Si es de 50 o más por barril --como
ocurre ahora-- sería financiado el 40% y si alcanzara 100 dólares por barril
sería financiado el 50%.[5]
· Ese
financiamiento tiene un período de gracia que fue alargado a 2 años y el pago a
corto plazo se extendió, de 30 a 90 días. El pago diferido establece 17 años,
incluyendo los 2 años de gracia, en tanto el precio se mantenga por debajo de
40 dólares el barril.
· Cuando
el precio exceda los 40 dólare s el pago diferido se extenderá a 25 años,
manteniendo los 2 años de gracia y reduciendo el interés al 1%. Para el pago
diferido Venezuela podrá aceptar que parte del mismo se realice con
exportaciones caribeñas, pagando precios preferenciales por productos como el
azúcar, o los bananos, afectados por decisiones comerciales de países ricos, u
otros bienes y servicios.
·
Establecimiento del Fondo ALBA Caribe para el desarrollo económico y social
destinado al financiamiento de programas sociales y económicos, para el que
Venezuela aportó un capital inicial de 50 millones de dólares.[6]
6) El ALBA
puede aprovechar los espacios de poder político provinciales o municipales que
la izquierda o las f uerzas políticas interesadas en hacer integración real,
controlan en América Latina, para tejer acciones de cooperación y establecer
esquemas de complementación. Los gobiernos provinciales y/o municipales que
fuerzas políticas como el FMLN poseen en El Salvador o el Frente Sandinista en
Nicaragua u otros, pueden desarrollar acciones con Cuba y Venezuela sin esperar
por los acuerdos con los gobiernos nacionales.
El
neoliberalismo impulsó en la región la descentralización y la transferencia de
ciertos poderes a las instancias provinciales y locales. Lo hizo con sus
acendrados principios antiestatistas y con visión de fraccionamiento político
que en muchos casos ha sido expresión de desigual desarrollo territorial
provocado a su vez por el mercado sin regulación.
El ALBA
puede aprovechar esta coyuntura que sin quererlo le ofrece la política
neoliberal y, junto a la fuerza política loca l que tiende a crecer, impulsar proyectos
de alfabetización, de atención de salud y formación de médicos y participar en
la Operación Milagro, la que ofrece atención oftalmológica gratuita para
devolver la visión o evitar su pérdida a latinoamericanos pobres que serán
llevados hasta Caracas por cuenta del gobierno venezolano y transportados hasta
La Habana y atendidos en centros de salud especializados, y devueltos a Caracas
por cuenta del gobierno cubano y por último, llevados de regreso a sus países
por vía de Venezuela.
7) La
integración tiene que dotarse de armas mediáticas para quebrar el monopolio
mediático de las imágenes y la información, y multiplicar en su favor las
ventajas derivadas de la relativa homogeneidad lingüística y la afinidad
cultural entre los países latinoamericanos.
Es una
auténtica desgracia regional que los habitantes de un país reciban las in
formaciones y desinformaciones sobre el país vecino sintonizando la CNN y que
la imagen más difundida y por tanto más conocida de la región sea la que emite
esa cadena o alguna de las otras repetidoras del consumismo como ideal de vida,
de la ideología del lucro de mercado como principio rector y de la visión
regional teñida de paternalismo folklorista y racismo apenas encubierto.
Tan
importante como asegurar el abastecimiento energético es, para la región,
asegurar el “abastecimiento” de información, de imágenes que alimenten y
cultiven el imaginario popular a partir del respeto a la historia de los
pueblos y de su cultura y que hagan una necesaria desenajenación enfrentando la
intoxicación ideológica y la desinformación brutal que sufren los pueblos.
Quizás el más perfecto y efectivo monopolio que posea el capitalismo de la
globalización neoliberal sea el monopolio mediático con su enorme influencia
sobre las mentes y las cond uctas.
El ALBA
cuenta ahora con Telesur --ningún otro esquema de integración regional hizo lo
mismo-- como medio para romper aquel monopolio y lograr que América Latina y el
Caribe se informen, se reflejen y se piensen en términos latinoamericanos y
caribeños.
Esta
iniciativa tiene tanto sentido y tanto filo potencial contra el arma más
efectiva y sofisticada del arsenal imperialista, que no por casualidad ha
reaccionado el gobierno de Estados Unidos con precoz olfato para detectar una
amenaza y con virulento encono, atacando a Telesur incluso antes de que ésta
comience sus transmisiones.
8) El ALBA
es un reto a la creatividad y la imaginación. No es un libro escrito en forma
de manual para la integración latinoamericana que pretenda incluir todos y cada
uno de los contenidos, técnicas y posibilidades de la integración.
No existe
un texto que pueda pretender contener el ALBA en su totalidad. Cuba y Venezuela
han echado a andar por un camino que se va abriendo con cada nuevo paso. El ALBA se irá construyendo en el proceso de lucha
política e ideológica y en estrecha relación con el ascenso de los movimientos
sociales, de la izquierda, de los que se oponen al dominio imperialista en la
región. Tendrá los gobiernos participantes y las formas y técnicas de integración
que broten de la resistencia a los intentos de anexión y la genuina voluntad de
hacer una integración de los pueblos.
9) La
novena lección es la que sintetiza todas las anteriores y constituye el sello
distintivo del ALBA: la solidaridad y la cooperación.
En el
tortuoso proceso de creación de esquemas de integración a lo largo de más de
cuatro décadas, la solidaridad y la cooperaci ón han sido raras excepciones,
apenas visibles tras la espesa retórica que invoca la cooperación para hacer
negocios lucrativos y le llama solidaridad a esporádicos y pequeños ejercicios
de caridad ejecutados más bien como promoción de imagen.
La
verdadera integración de los pueblos no puede prescindir de la solidaridad y la
cooperación. No es ella una permanente donación de recursos de los que más
tienen hacia los otros países y no niega el beneficio mutuo sin el cual la
integración sería lírica romántica, pero no puede colocar el beneficio mutuo
como precondición permanente ni dejar de practicar el trato preferencial hacia
los países de menor desarrollo.
Para hacer
de la solidaridad una realidad operativa, es necesario contar con estados que
tengan capacidad para regular los mercados, enmendarlos allí donde su dictamen
sea incompatible con la solidaridad y trascender el horizonte cortoplacista o
los estrechos intereses de sectores sociales o de territorios y elaborar
programas de largo alcance como el desarrollo de la infraestructura de vías de
transporte, comunicación, carreteras, puertos, líneas aéreas y marítimas, que son
el sistema venoso que recorre todo el organismo y le permite existir como
organismo integrado.
Solidaridad
es el abastecimiento de petróleo en condiciones ventajosas que ofrece el
Acuerdo de Caracas y el Acuerdo de Petrocaribe. Solidaridad es la presencia y
el trabajo de hasta 30 mil profesionales cubanos de la salud (cifra que debe
alcanzarse en el 2005) que hacen posible la Misión Barrio Adentro por la cual
recibe atención de salud más del 60% de la población venezolana a la que no
llegó nunca antes los petrodólares que fueron a engrosar cuentas bancarias en
el exterior o a financiar consumos suntuarios, ni vieron jamás frente a ellos
en sus barrios de pobreza a los médicos privado s que hoy acusan a los médicos
cubanos de intrusos.
Solidaridad
es la rápida y efectiva colaboración venezolana entregada a Cuba y otros países
del Caribe golpeados por el huracán Dennis. Falsa solidaridad e hipocresía real
es la pretensión del gobierno de Estados Unidos de entregar a Cuba 50 mil
dólares para “mitigar” los daños de ese huracán, mientras mantiene el bloqueo
económico que después de 46 años de aplicación le ha costado a Cuba más de 80
mil millones de dólares sólo en pérdidas financieras.
La
solidaridad en el ALBA tiene sólidas razones en la ética y anclaje profundo en
la tradición de pensamiento procedente de la constelación de figuras
latinoamericanas que forjaron la independencia y fundaron las naciones.
Pero la
solidaridad no es sólo una idea vinculada al internacionalismo, lo que para los
cubanos sería ya una poderos a razón, por la solidaridad recibida en sus
guerras de independencia donde el General en Jefe de su Ejército Libertador fue
dominicano, por la huella imborrable del argentino Che Guevara en Cuba o por la
contribución cubana decisiva para derrotar el Apartheid en África, entre otros
ejemplos de una historia de solidaridad recibida y entregada.
La
solidaridad también es una necesidad práctica para que la integración pueda
funcionar, desarrollarse y defenderse, pues sólo ella puede hacer de las
fronteras nacionales las costuras de nuestra unidad y de la integración un
valioso y real ingrediente de una vida y un mundo mejor por el cual las mujeres
y hombres latinoamericanos y caribeños se sientan dispuestos a defender y
preferir la América Nuestra, la Patria Grande de Bolívar y Martí antes que la
América del ALCA y la OEA.
Las
palabras de Martí escritas en 1889, resuenan con valor actual en esta hora en
que el ALBA y el ALCA marcan de nuevo el dilema de la integración
latinoamericana o la anexión a Estados Unidos: “De la tiranía de España supo
salvarse la América española; y ahora después de ver con ojos judiciales los
antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad,
que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda
independencia”.[7]
[1]
María de Conce iao Tavares. Geason Gomes: La CEPAL y la integración económica
de América Latina. CEPAL. 1998.
[2]
CEPAL, Panorama de la inserción internacional de América Latina y el Caribe
2002-2003.
[3]
Primera reunión Cuba-Venezuela para la aplicación del ALBA. Declaración Final y
Acuerdo.
[4]
Hugo Chávez. Discurso en la sesión especial del IV Encuentro Hemisférico de
Lucha contra el ALCA. La Habana, 29 de abril de 2005.
[5] Si el precio es de 15 dólares se financia el 5%. Si es
de 20 dólares el 10%. Si es de 22 dólares el 15%. Si es de 24 dólares el 20%
[6]Acuerdo de Cooperación Energética Petrocaribe. Puerto La
Cruz, 29 de junio de 2005.
[7]
José Martí: Congreso Internacional de Washington. En José Martí, América para
la Humanidad. Centro de Estudios Martianos. La Habana. 2001.
